Ayer fue un día especial. Especial en todos los sentidos. Ayer fue un día de esos que los vives con intensidad y con pasión cada minuto, como si mañana supieras que se termina el mundo y que tienes que aprovechar cada minuto que te queda aquí. Es mi nueva filosofía de la vida, quiero hacer todo lo que deseo sin tener barrera alguna, ni tabues.
Fuimos al Galacho de La Alfranca, mi amiga Mª José y yo. Nada más salir del trabajo, corría a casa a ponerme un chándal y una camiseta para poder disfrutar de la buena tarde que hacía. En 5 minutos estaba de camino a su casa para coger las bicicletas y respirar aire fresco y puro en la naturaleza, y compartir nuestros pensamientos, nuestras alegrías y nuestros problemas como hacemos a menudo las dos. Pasé por delante de mi casa, porque todavía es mía, donde he vivido los últimos dos años, y donde he compartido mucho.
No había nadie en el Galacho, fue un lujo, disfrutar de la paz y la tranquilidad para nosotras solas… Solamente estábamos allí nosotras, y la naturaleza, el silencio y las aves del centro de recuperación que se escuchaban a lo lejos, detrás de unos campos donde parece que termina el camino, y en realidad esconde un mirador precioso, que te ofrece una vista impresionante del río. Se puede espiar a las aves a través de unos ventanucos de color verde, aunque creo que notan la presencia humana, pero no tienen miedo, porque allí los protegen de cualquier cosa.
Están haciendo obras para construir unos laberintos, y colocando piedras como si fueran relojes de arena, aunque no se exactamente que significado tienen. Lo que si se, es la paz interior que me brinda la naturaleza cuando voy allí. Es algo especial, diferente, donde me reencuentro, y donde dejo mis energías negativas y absorbo solamente lo bueno, y me lo guardo muy dentro de mí, para dosificarlo y darme fuerzas en los momentos difíciles.
Fue una tarde bonita, de escuchar y entender. Escuchar a una amiga, que tenía la necesidad de hablar sobre la vida, el trabajo… y sobre como la misma vida, parece que nos pone a las personas en nuestro camino unas a otras en los momentos más especiales, para que se crucen nuestros caminos.
Nos contamos confidencias, como siempre, son momentos en los que puedes pensar en voz alta con tranquilidad, sin miedo a lo que puedas decir, y con la seguridad de dejar fluir tus pensamientos tal cual vienen a ti.
De camino a casa, por fin me contó con tranquilidad y optimismo uno de sus mayores temores, le han diagnosticado un tumor en
Mi primera reacción fue de frío, mucho frío, tuve que abrigarme. Se hizo de noche por el camino de vuelta a casa y no teníamos luz en las bicicletas, pero no importaba, se veía el camino. Luego, me enfadé un poco… con ella, con la situación y con los médicos, no es justo!!!.
Dejamos las bicicletas en el trastero, saludé a Antonio y a Amanda (su marido y su hija) y me acompañó hasta la esquina de casa de mis padres. Que curioso, nunca pensé que volvería a vivir con ellos, como antes de casarme… la vida es una caja de sorpresas. Allí me dijo que le había llenado de energías positivas y que la tarde le había renovado el mal día. Le contesté que me había dejado a mi vacía, y que yo me quedé con las negativas, que no era justo, una vez más!!!. Nos reímos las dos.
Lloré por la situación, ahora que todo le iba perfecto, una matrimonio feliz, su hija y un buen trabajo, le da un revés
Mientras bajaba la calle donde está la casa de mis padres, pensaba en lo importante que es tener a alguien a tu lado para contarle las cosas, a los amigos y a la familia.
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